13 de Diciembre

Calle adoquinada de Santiago de Compostela en una noche lluviosa. Un hombre camina bajo un paraguas, mientras un gato observa en la distancia. Luces de farolas iluminan el ambiente con una neblina densa.

Que frío hace en Santiago de Compostela. No consigo entrar en calor, el frío me golpea como un martillo helado. Esta humedad cala en mis huesos y parece devorarme desde dentro. Galicia es una tierra preciosa, pero en estas fechas el invierno se vuelve un enemigo despiadado.

Mi casa es un caos. Tucho ha recaído gravemente y está al borde del colapso. He tenido que rehidratarlo con suero durante 24 horas, pero aún así su estado es crítico. Se porta como un campeón, pero está exhausto. La diabetes lo está consumiendo poco a poco, y la insulina parece perder su efectividad. Sus niveles de azúcar están por encima de los 500, una cifra aterradora. Cuando lo rehidrato, mejora momentáneamente y el azúcar baja a 350, e incluso hace un mes logré estabilizarlo en 175. Estos altibajos lo están debilitando y yo estoy desesperado. Esta noche lo he dejado dormir en mi cama, sobre la almohada, pegado a mi cabeza. Ronronea suavemente mientras acerca su pecho al mío, como si encontrara consuelo en mi latido.

Hago todo lo posible por salvarlo, pero siento que lucho contra una fuerza imposible de vencer. Es una batalla contra la propia naturaleza, contra el tiempo.

El trabajo, sin embargo, ha aumentado. No paro de atender clientes de todas partes del mundo. Los teléfonos no dejan de sonar, y las ofertas que publiqué en mi web han generado un interés inesperado. Además, alguien mencionó mi nombre en un foro y se desató una discusión que ha atraído a 24 nuevos clientes en una sola tarde. Me sigue sorprendiendo el poder de Internet: una simple conversación en un foro puede cambiar radicalmente la dirección de mi día. No me afecta negativamente, al contrario, mientras hablen de mí, me beneficia. Como dice el dicho: «No importa que hablen bien o mal, lo importante es que hablen.»

Pero no logro sentirme bien. El frío de esta ciudad me adormece y cuando enciendo la calefacción, me invade un sueño profundo, casi como si mi cuerpo quisiera hibernar. Si pudiera, me escondería en mi caparazón como mi tortuga, pondría un cartel en la puerta que dijera: «Por favor, deje su dinero, ya le atenderé…» Pero la vida no espera, hay que trabajar para cubrir gastos. Ser vidente mediático no es barato. Los costos de mantener esta imagen, este negocio, son exorbitantes.

Hablando de videntes, Aramís Fuster ha vuelto a atacarme. Esta vez, lo ha hecho desde su foro de mensajes en su web, acusándome de robarle su correo de Hotmail. No entiendo su obsesiva necesidad de enredarme en sus historias surrealistas. Somos enemigos, sí, pero yo hace tiempo que dejé de mencionarla, mientras ella sigue lanzando mentiras sobre mí. ¿Es que no tiene otra manera de llamar la atención? ¿Es que nadie le hace caso si no es a base de inventar escándalos? Esta mujer necesita que le presten atención, o quizás lo que necesita es otra cosa… Algo que la relaje de verdad.

Pero dejando a un lado las rivalidades absurdas, hay otras cosas de las que hablar.

Hoy he despedido a mi «porno-chacho». Bueno, en realidad no lo despedí exactamente; se ha ido él después de lo ocurrido. Desde el 10 de diciembre ya no trabaja en casa. La situación fue incómoda y discutimos. Ahora mi hogar vuelve a ser un auténtico desastre, otra vez toca buscar a alguien de confianza que merezca la pena. Parece una historia interminable.

Descubrí que había cogido mi coche sin permiso y, para colmo, ¡sin carnet de conducir! Consiguió la llave que guardaba en un cajón, sacó el vehículo del garaje por la noche y lo devolvió de madrugada, con tan mala suerte que golpeó una columna con la puerta del conductor. Al día siguiente, cuando fui a coger el coche, me encontré con una abolladura bastante evidente. Solicité al parking la grabación de las cámaras de seguridad y ahí descubrí claramente que había sido él.

En apenas un segundo, destrozó toda la confianza que yo tenía depositada ciegamente en él. Me dolió profundamente porque jamás esperé semejante acto por su parte. Decidí darle una oportunidad cuando regresase al trabajo, permitiéndole explicarse sin reproches, manteniéndome en paz y abierto a escuchar una disculpa sincera, sin denunciarlo a la policía. Lo hice porqué como asistente doméstico y amigo creía que no tenía precio, le tenía muchísimo cariño, quería entender porqué lo hizo. Sin embargo, él obcecado, lo negó rotundamente, hasta que supo que existía un vídeo donde se veía todo perfectamente y no le quedó más remedio que reconocerlo.

Le exigí que se hiciese cargo de los desperfectos y le advertí seriamente de que jamás volviera a tomar algo mío sin mi permiso, especialmente conducir sin carnet. ¿Estamos locos? Por muy bien que conduzca, si hubiese tenido un accidente o herido a alguien, yo sería el único responsable. Le dije que podía seguir trabajando en casa. Muy afectado por lo sucedido y con lagrimas en los ojos, finalmente dejó el trabajo.

Dani, sorprendentemente, me ha estado ayudando en casa. Frega los platos, pasa la fregona, cuelga la ropa… No lo reconozco. Pero sigo sintiendo que mi vida es un campo de batalla, una lucha constante contra todo y todos. ¿Por qué siempre tengo que discutir? ¿Por qué cuanto mejor trato a alguien, peor me responde? ¿Será mi exceso de confianza en los demás? ¿O simplemente que no hay reciprocidad?

Robert López, mi mánager, está cerrando entrevistas importantes que podrían hacerme viajar dentro de poco. Si todo sale bien, aprovecharé para tomarme unos días y despejarme.

Mientras tanto, mi madre ha decidido cerrar su tienda de telas. Con 73 años, ya no tiene energía para seguir con el negocio. La he estado ayudando con la mudanza y, al pasar por el local de mi antigua tienda, me ha invadido la nostalgia. Vi mi reflejo en el cristal del escaparate vacío y me di cuenta de lo fugaz que es el tiempo. Estamos envejeciendo sin darnos cuenta, y lo noto cada vez más.

Es difícil asumir los cambios, pero es más difícil asumir los años. Aunque me siento como si tuviera 26, ya tengo 37. Mi carrera es un éxito, lo tengo todo, y sin embargo, siento un vacío profundo.

Necesito parar el tiempo, huir de este frío, sumergirme en agua caliente hasta olvidar mis pensamientos, escuchar el silencio y encontrarme conmigo mismo.

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