14 de Diciembre

Silueta de un hombre con abrigo, caminando bajo la lluvia en una calle oscura, con luces de faroles reflejándose en el suelo mojado. Su postura refleja angustia y determinación.

No pude pagar el anuncio que «ostento» en Sitio Hispano y tuve que ir al banco a ver qué había pasado con mi dinero. Todo lo que gané en estos días desapareció de mi cuenta como si se lo hubiese tragado la tierra. Qué extraño. Debería tener dinero y, sin embargo, cuando consulté el saldo, me encontré con 550 euros en números rojos. Pegué un chillido y me apresuré a la sucursal antes de que cerraran para averiguar qué había ocurrido.

Me habían pasado un recibo del teléfono de casi 380 euros, otro de 400 y pico por publicidad en un periódico, el alquiler del garaje, las cuotas de las tarjetas de crédito y los tres préstamos que tengo… ¡Joder! Me dejaron seco. No tengo dinero ni para comer. Esto me pasa por meterme ayer con la vieja clueca de mi «querida amiga» Aramís Fuster, alardeando de que gano 300 veces más que ella. Dios ha castigado mi vanidad.

Odio estar sin dinero. Es una sensación angustiosa que ya he experimentado antes. Ahora entiendo por qué Aramís hace estupideces para salir en televisión y rascar un poco de pasta. La verdad, no la juzgo por ello. Uno se acostumbra a cierto paripé social, a cierto estilo de vida que, al final, te acaba enganchando.

Yo sé bien lo que es no tener nada. En 1993, lo perdí todo. No tenía dinero ni para comer. Me cortaron la luz, el gas, el agua y el teléfono por impago. Debía cinco meses de alquiler y no tenía ni un solo cliente. El frío era helador en ese piso que no podía calentar. Me iba a la cama cuando anochecía y me levantaba al amanecer porque no tenía luz. Me aseaba como podía con una botella de agua y comía, en toda una semana, una barra de pan y un plátano. Estaba en la ruina.

Vivía en un quinto piso sin ascensor y nadie quería subir hasta allí para consultarse. No podía anunciarme, pesaba 42 kilos, tenía aspecto de drogadicto. Era un fantasma.

Salir adelante parecía imposible. Sin dinero, sin oportunidades, sin esperanza. Pero en el momento más oscuro, tomé una decisión que cambiaría todo.

Leí un libro: Los signos del Zodíaco y las estrellas, de Linda Goodman. Allí hablaba de la importancia de mover el dinero, de que si uno no genera flujo energético con lo que tiene, el dinero simplemente desaparece.

Decidí probarlo. Un día, gané 5.000 pesetas con una consulta. En lugar de guardarlo, se lo di a una amiga que lo necesitaba más que yo. Acto seguido, gané 10.000 pesetas. Luego 20.000. Usé una parte para comprar comida. Poco después, pude pagar la línea telefónica. Más clientes aparecieron de la nada. Luego pagué la luz, el agua… y en cuestión de meses, todo cambió.

Me mudé a mi actual hogar y dejé atrás aquellos años de hambre y miseria.

Fue una experiencia devastadora, pero aprendí a valorar lo que tenía. Aprendí a luchar. Aprendí a sobrevivir.

No lo niego: en ese tiempo llegué a prostituirme por dinero. Cuando no hay opciones, haces lo que sea por seguir adelante. Existir no es siempre de color de rosa. Uno debe aprender a bailar con la vida, a luchar en el abismo.

Hoy, sigo ganando dinero, pero no olvido de dónde vengo. No olvido lo que es vivir con hambre, con frío, con desesperación. Por eso, cada vez que sostengo un billete entre mis manos, pienso en aquel tiempo y agradezco.

Porque la felicidad no es solo una cuestión de dinero. Es una cuestión de supervivencia.

Deja una respuesta