20 de Octubre

Hombre pensativo en una habitación oscura con una lámpara encendida, reflejando un estado introspectivo y melancólico.

Rubén se ha ido este fin de semana a Forcarei, al campamento de voluntariado. Repite la experiencia, pero esta vez para la reforestación. Yo no puedo ir; soy alérgico a las gramíneas y, además, hace un tiempo horroroso. Lo único que apetece es estar en casa.

No paro de reírme con mi monólogo preferido de Antonia San Juan. Esta mujer me vuelve loco. No hay nada que haga que no me guste, es una genia de esta época. Este monólogo no puede ser mejor. Las dos voces que se oyen son de ella, lo escucho una y otra vez y no dejo de desternillarme. No me cansa nunca. Es lo mejor que he oído en años (ver enlaces).

Ha sido una semana buenísima de trabajo, no he parado de atender consultas. Estoy en un momento en el que todo mi esfuerzo está enfocado en salir del exceso de gastos en el que me he metido. Aunque no tenga dinero para mí —porque invierto hasta el último céntimo que gano en pagar mis deudas— puedo decir que, si sigo a este ritmo, pronto estaré de nuevo en tranquilidad económica.

¡Qué coñazo esto del dinero! Trabajar y trabajar solo para pagar y pagar… Un final sin final. Vivir sin vivir. Estar sin estar.

No debería vivir por encima de mis posibilidades, y, sin embargo, lo hago constantemente desde hace años. Mi ambición me empuja a mejorar, a invertir, y aunque a veces soy un triunfador, otras veces fracaso. No solo he tenido y tengo este trabajo por el que soy conocido, sino que también he emprendido otros negocios en los que invierto mi tiempo y mi dinero. Y el éxito no es fácil.

Si llevase una vida tranquila, sin ambiciones, sin televisión, sin ganas de mejorar, estoy seguro de que sería muchísimo más feliz. Pero es imposible. No puedo. Mi Leo me hace ser yo, mi, mío. Nunca paro de crear, invertir, trabajar, luchar por cosas nuevas. Y eso, a veces, me desequilibra.

Dani es diferente. Él es muchísimo más tranquilo, menos ambicioso, más equilibrado. Lo razona todo en segundos. Yo, en cambio, voy de histeria en histeria y tiro porque me toca.

A veces me planteo abandonarlo todo, empezar de cero con otra identidad, en otro lugar… Pero ¿para qué quiero huir de mí mismo si yo siempre iré a mi lado, eternamente?

No somos lo que hacemos, ni lo que ven de nosotros, ni lo que acabamos construyendo. Somos quien está detrás. Quien mira. Quien escucha. Quien siente. Y eso jamás podemos separarlo de nosotros, vayamos donde vayamos.

Entonces… ¿para qué huir, si siempre estará ahí?

Ser brujo y vidente no me gusta. Es lo que hago desde niño, desde los 11 años, pero no me llena. Soy buenísimo —aunque esté mal decirlo—, pero me aburre soberanamente. No atiendo a una o dos personas, sino a miles. Y cuando algo se convierte en una obligación, pierde su magia.

Cada día estudio, practico nuevos métodos, me perfecciono en cientos de mancias… pero no me llenan. He dedicado toda mi vida a esto, y quizás por eso me apetece hacer otras cosas. Variar. Cambiar. Mutar.

Por eso diseño páginas en Flash, por eso escribo, por eso estudio gallego o inglés, por eso diseño publicidad, hago moda o soy drag queen. Porque necesito algo que me transporte a vivir emociones diferentes.

No salgo de noche. No voy a discotecas, pubs ni bares. No me siento a gusto en ellos. No consigo relajarme, me agobio en cuestión de minutos. Me angustia la gente. No soporto el ruido ni el humo.

Soy incapaz de evadirme en esos sitios. Me siento como un pez fuera del agua.

Y, sin embargo, durante años lo hice. Salía los jueves, los viernes, los sábados. Incluso los domingos, hasta las 7:00 de la mañana. Pero ahora ya no me gusta. No me dice nada.

Prefiero mil veces ir a cenar a un restaurante, al cine, pasear por la playa o estar en casa con algún amigo.

Pero, con diferencia, donde más me gusta estar es en mi casa. No la comparo con ningún otro sitio. Es donde mejor me siento. Y donde, por más tiempo que pase, nunca me aburro. Vocación de maruja.

Soy capaz de estar varios días sin salir, sin pisar la calle. Pero mi trabajo me obliga. Mis deudas me llevan al banco. Mi casa me manda a hacer la compra. Mis amigos me arrastran a tomar algo. Al final, mi casa es un lujo privado que disfruto en contadas ocasiones.

Te parecerá una tontería, pero creo que ese es uno de los principales problemas de mi infelicidad.

Ayer vino a casa un electricista guapísimo, hiper sexy que, además, es cliente mío.

¡Madre mía con el electricista!

Vino a arreglar la luz de varias habitaciones. Y es curioso, pero me sentí feliz viendo mi casa iluminada.

Claro que, aparte de la luz, también me fijé en su preciosa cara. Y en su precioso trasero.

Son las pequeñas cosas de la vida. A veces, valoramos ciertas trivialidades que se convierten en bienestar.

Y hay mucho que decir sobre esto.

Creo que hay un claro llamamiento de mi inconsciente y de mi subconsciente al requerir más luz en casa. Está claro que soy yo quien la necesita, desde un punto de vista espiritual y mental.

Vivo en un eclipse del alma en el que nunca acaba de hacerse de día.

Deja una respuesta