21 de Octubre

Ilustración de una intensa discusión teatral en un escenario, reflejando la tensión y el dramatismo de un enfrentamiento de opiniones en un entorno artístico.

Hoy he tenido una discusión con Dani.
Íbamos en el coche de camino a casa de mi familia para comer y, como siempre, abrí la boca de más. Le di mi opinión sincera sobre sus obras de teatro y sobre sus actores, y no le sentó nada bien. Apenas me ha hablado en todo el día, está enfadadísimo. Dani se enfada por todo. Siempre le sienta mal lo que le dicen o lo que le hacen, pero olvida con una facilidad asombrosa lo que él dice o hace.

La sinceridad no gusta. Ni a él ni a nadie. La gente no quiere escuchar verdades, prefiere las mentiras piadosas. Vivimos en un siglo de falsedad, de plástico, de conservantes y colorantes. Todo lleva aditivos. A todo se le echa sal. Se ha perdido el sabor real de las cosas. Con la sinceridad pasa lo mismo: no puedes serlo. No debes serlo. Si lo eres, te ganarás enemigos por todas partes. Te odiarán, te repudiarán. Es triste, pero es cierto.

Aunque lo sé, no me sale hacer otra cosa. Me gusta decir lo que pienso, de cada cosa, de cada persona. No me callo lo que me gusta ni lo que no me gusta. Y claro, eso me crea obstáculos. Me impulsa a discutir con todo el mundo. Por eso no tengo amigos, no disfruto de una pandilla como cuando era adolescente. Poca gente me aguanta y yo no aguanto a casi nadie. Rompo conscientemente todo lazo de unión con los demás, porque mi sinceridad no admite amistades a medias ni opiniones a medias.

Pero después de seis años con Dani, me he dado cuenta de que él no quiere escucharme. Prefiere que me calle. Prefiere no pensar. Quiere vivir feliz, sin pajas mentales ni dudas. ¿No es un poco hipócrita? ¿Por taparnos los ojos deja de existir lo que está frente a nosotros? Quizás sí. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Cuando salgo en televisión, me encanta escuchar críticas, buenas o malas. Aprendo con ellas. En la consulta hago lo mismo. Siempre pregunto:
—¿Te ha quedado claro?
—¿Quieres saber algo más?
—¿Te encaja al 100% con tu vida?

Sé que me expongo a un «no» por respuesta, pero lo necesito. Quiero mejorar. No me sirve que todo el mundo me diga lo maravilloso que soy solo para inflar aún más mi ego de Leo.

Me acuerdo del jurado en El Castillo de las Mentes Prodigiosas, ese reality de Antena 3. Había de todo:

  • Padre Apeles, un jode-jode empedernido, brillante y con lengua afilada.
  • Javier Armentia, un gran pensador de nuestro tiempo, aunque me bautizara en su blog de imbécil.
  • Juan Sebastián Dárbo, un excelente estudioso de lo paranormal y negociante nato de lo Oculto.
  • Aramís Fuster… mejor me ahorro los comentarios.
  • Gabriel Carrión, un gordito adorable que me ponía a parir cada martes, que me desmenuzaba irientemente en cada gala, pero al que adoro en secreto. Un jodido genio.

Dani y yo nos sabemos de memoria las críticas de Gabriel. Las vemos una y otra vez, riéndonos a carcajadas. Casi estoy por hacer camisetas con su cara. En el fondo, creo que chocábamos porque somos iguales. Fue uno de los primeros en tener una librería esotérica en Madrid, aunque irónicamente destila un escepticismo peculiar hacia las ciencias ocultas. Es un verdugo de las causas no justificadas científicamente, de brujos y adivinos, y mantiene una postura crítica frente a las teorías del misterio. Hoy por hoy, es mi némesis más respetado y preferido.

A lo que iba: este jurado sabía criticar. Sabía insultar. Y a mí eso me pone...

He subido a YouTube mis mejores momentos en el reality. Si quieres ver las guerras verbales, míralos. Duelos de titanes. Tensión en estado puro. Enemistad, amor, odio, insultos, enfados, aplausos. Es el mundo del show.

Al final, ¿qué es la vida sino puro teatro?

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