Santi Molezún 2022

Santi MolezÚn

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Gloto empeora, el veterinario dice que pueden quedarle unos días de vida y yo no sé como hacerle estar mejor, como hacerle pasar sus últimos días. ¿Qué haría yo si supiese que solo me quedan unas horas? y más difícil todavía ¿que haría yo si fuese un gato?.

Trato de hablarle cariñosamente, de acercarle un plato de «Gourmet» la comida que antes le pirraba y que pocas veces le daba. Le traigo agua hasta donde está ella, pero ya no quiere comer, se está deshidratando poco a poco y yo con ella.

Hoy por la mañana pareció tener un buen momento, la vi caminando por el pasillo, dirigirse al cuarto de baño y beber agua. Ayer de noche tomo un poco de cena. Pero son falsas señales, porque hoy ya no quiso comer nada.
A cuanto más observo como se debilita peor lo llevo, porque veo que pronto tendré que tomar la decisión fatal de ayudarle a irse. Me parece cruel que tenga que ser así, pero con mi gato Manchitas y mi perra Basi también lo tuve que hacer, aprendí la dura lección: si no lo haces solo es agonizar su estado hasta el irreversible final.

Me mata pensar que esto mismo me seguirá pasando 11 veces más, con el resto de mis hijos peludos. Ver su muerte, una tras otra y quizás seguramente tener que ejecutarla. ¿Cómo va a aguantar mi alma tanto sufrimiento, si ya ahora no cesa de soltar alaridos de pena?
A veces deseo morirme yo antes que todos y que así egoístamente pueda evitar semejante sufrimiento repetitivo. Este año ya he soportado muchas muertes, mi corazón está hecho de añicos recompuestos y pegados sin completar.

No tengo ganas de nada, solo me apetece comer, ducharme en agua muy caliente, descansar bajo el chorro de la ducha hirviendo, eso me relaja completamente.
Que maravillosa es el agua selectiva y no la de la machacante y tortuosa lluvia que arrasa Galicia, esa sí es odiosa e interminable, sobre todo cuando se une al viento y a la humedad. Me revienta caminar en contra el sentido del aire, es un alegoría de como me va la vida y me lo recuerda a cada paso que doy. No me gusta inmortalizar los problemas, pero aquí en Santiago es difícil olvidarlos con este clima.

Hoy he ido a la imprenta a encargar las nuevas tarjetas que he estado diseñando esta noche, intento continuar con mi vida pese a que no tengo interés en nada, sé que me conviene trabajar y hacer vida normal, pero no tengo brújula y estoy sin gasolina.

Cuando llegué a la tienda, enfadado con las entidades a las cuales he adorado con ofrendas y pedido durante demasiado tiempo, enojado por no abrirme los caminos y no sólo eso indignado por complicármelos, he ido directo a los que se presumen poderosos, los he agarrado con mis propias manos y los he hecho añicos contra el suelo, rompí con toda mi furia sus estatuas contra el piso de mi tienda.

Borre sus altares y volatilicé sus presencias de mi vida, ¡nunca más volveré a rendirles culto!, ¡no se lo merecen!, con un enorme ruido de las escayolas destruidas en mil pedazos en el suelo, mi alma mató para siempre muchos años de fe y creencia.

Recogí los restos de aquellas estatuas preparadas, consagradas y sentadas, las metí con todo mi repulsa en una bolsa de plástico y las tiré al contenedor de basura más cercano, mientras dije:

­ – Ay es donde tenéis que estar,… cerrarme ahora los caminos…

Estoy harto de falsas promesas, de falsos dioses, de falsos caminos y entidades que no llevan a nada, sólo te dejan en el punto de partida una y otra vez. Me matan los ciclos de la vida, la imposibilidad de escapar del brutal karma que arrastramos de nuestras acciones en otros tiempos, quizás de mucho antes de haber nacido.

El ser humano necesita creer en mitos y leyendas que le ayuden a escarpar de su angustia, que le salven de su desesperante vida, al que pedirles favores para seguir nadando en este lago absurdo que es la vida y arribar en cualquier orilla.


Pero sólo hay un ente que todo lo puede, que hace y deshace, que te crea y te destruye, no hay más que uno. El tiempo.

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