Santi Molezún 2022

Santi MolezÚn

Escribo desde la cama

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Hoy 6 de Diciembre, es un día festivo, uno de esos días en lo que uno se queda en casa a disfrutar de su intervalo de horas muertas, del poco, escaso y parco tiempo libre que no disfruto desde hace tiempo.

Me he incorporado a la vida tarde, a eso de las 17:00, cuando el hambre me incitaba asaltar la nevera, y las posturas en la cama ya no eran más que dolores musculares y miembros dormidos, llevaba despierto desde las 10:30 de la mañana cuando taladró mi cabeza el teléfono de la consulta como si de un despertador se tratase, una mujer que solicitaba cita: – Santi Molezún …Buenos días – Hola quisiera una consulta con Santi – Si, que querías de media hora, o de una hora? – Me podría informar de los precios … (Titubea) – Si, una hora son 300 euros, y media hora son 150 – Tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu. 

La agradable y educada mujer de Madrid no debió de considerar mis precios oportunos para su bolsillo y no escatimo en ahorrar, no solo dinero, sino palabras. Ahora, eso sí, me estimuló la puñetera a dejar mi apacible sueño festivo cancelando el descanso del único día que no tenía que madrugar, … siempre pasa esto cuando uno programa dormir o descansar, es de libro.

Me levanté, le di de almorzar a mis gatos, limpie una cotidiana meada de mis canes con la fregona y regresé al tálamo con portátil bajo el brazo. Una de las cosas que más me embelesan en mi tiempo libre es llevarme mi moderno ordenador a la cama y disfrutar de toda la información vía wifi entre mis sábanas. Megas y bytes mezclados con la horizontal postura del amodorramiento sobre cojín y almohada.  ¡Qué placer el descanso!, pena de mis cervicales que no piensan lo mismo… Pocos ratos agradables de ocio paso desde 1990, donde tuve mis últimas vacaciones en el camping de «Coroso», en un pueblo llamado: Santa Uxía de Ribeira, lugar y espacio preferido durante mi adolescencia.

Allí fue donde saboreé mi primer cigarrillo a las tapadas de un puesto de helados, donde di mi primer beso y conocí la terneza de un amor en la playa bajo una noche estrellada, donde encontré y viví mi primera relación y ruptura y donde muchas veces me empine unos litros de felicidad a la luz de una hoguera con mi súper pandilla de 40 personas. «Coroso» es el baúl de los recuerdos de casi una decena de años de mi vida, lo guardo egoístamente como si de un buen vino se tratara, en una radicada nostalgia privada, que invade mi mente a cada verano.

Aquellos amigos y amigas de mediados de Junio, Julio, Agosto e incluso parte de Septiembre, ocupaban todo mi cariño, confianza y vida social, quedaron allí con la espuma del mar, amaneceres infinitos y cáscaras de pipas en aquel banco y mesa de piedra ubicados delante de un pequeño cuarto de baño externo y un minúsculo terreno privado, en la parte de arriba de un pequeño chiringuito fuera del camping, frente al camino que llevaba a lo que llamábamos: «La casita de Chocolate», donde celebré más de un cumpleaños al fuego de una hoguera. Los adolescentes lo invaden todo, se apropian de cualquier pequeño espacio y lo hacen suyo aunque sea propiedad privada. Eso no se contempla a la edad de la explosión de las hormonas, donde la felicidad junto con la inconsciencia forman parte de tu vida y te acompañan a cada mala decisión que tomas.

Visitas nocturnas al cementerio de Palmeira, a donde íbamos a pasar miedo o a hacer sesiones de ouija…

Cómo cuando íbamos al hotel abandonado de «Riazor» donde crujían nuestros pasos entre cristales rotos y restos del que fuera un gran hotel completamente abandonado: colchones, carteles con el número de las habitaciones, cadenas de vater, preservativos usados, restos de viajes de la peor moda de los 80: la droga, luces con linterna en código morse para las lanchas de los narcos de las que teníamos que escondernos.

Siempre dábamos largos paseos hasta el «bar de Manolo», donde una preciosa pareja de ancianos coleccionaba postales de distintos lugares del mundo que le mandaban con amor sus clientes, que los adoptamos en seguida como nuestros abuelos, y donde siempre nos regalaban el más enorme montón de deliciosas patatas fritas, cortadas en forma de cerilla como tapa mirando al mar desde su porche. Un mar eterno que parecía conocernos cada verano.

Aunque no he vuelto a tener vacaciones desde entonces, este verano me negué a estar metido día y noche en mi trabajo y pese a que mis clientes me llamaban insistentemente, me aventé con mi coche verde manzana a una preciosa y salvaje playa nudista de Portoson: «Queiruga».

Allá iba después de trabajar, todas las tardes en las que concibió bueno y no tan bueno, me escapaba a aquella playa preciosa con mi pareja y mi mejor amigo Sergio casi a diario, hasta las 11 de la noche que se ponía el sol, ¡que placenteras horas pasé sin hacer nada!, aproveché para estudiar el milenario oráculo: «I Ching», tirarme en la toalla, fundirme con la arena y para pasear por la orilla, con Greta y Mora, mis perras recogidas de la calle abandonadas un frío invierno por algún hijo de puta sin alma. Mis adoptadas «niñas peludas» disfrutan más que yo de la arena y el agua, que ya es decir, les encanta correr ilegalmente por el borde del mar y disfrutar de el Astro rey como a mí que soy Leo y que me rige por signo .

¡Qué preciosas puestas de sol tan de cine pude saborear a diario!, con pareo puesto y degustando una rica manzana. Imagino que estas son las cosas que uno revive en el preciso instante de su muerte, cuando, dicen, ves todas las escenas de tu vida pasar a cámara rápida.

Este verano lo disfrute realmente, hasta que en  Agosto interrumpí mi paradisíaca y pija vida recreativa por el fallecimiento del ser que más amo, mi gatito Manchis (Manchitas). Que Dios decidió después de 12 años, regresará de nuevo al cielo. Lo condenó con una neumonía, una anemia galopante y una Leucemia felina. Y a mí a cuidarlo día y noche más de 15 días hasta verlo caer. Terrible y difícil decisión la que Dios me obligo a tomar, teniendo que quitarle la vida al ser que más se la hubiese dado. Y aunque sé que lo hice por él, con objeto de acortarle el dolor y sufrimiento, no le eximiré nunca a Dios ni a mi conciencia haber sido el verdugo de su muerte.

A los 15 días también se fue mi perra Basi, a la cual también adoraba, por causa de un tumor maligno en el estómago que ya venía arrastrando desde hacía 2 meses de sus 14 largos años de vida, parecía que se pusieron de acuerdo el arcángel de la muerte y las moiras del destino para acabar de matar mi ánimo. Dos sablazos que se han unido en estos días con la muerte de mi periquita Hilarita, mi mágica y azul querida hija de 6 años, su último zarpazo.

Un día el de hoy que siendo de recreo, no impidió que tuviese que atender a una consulta por teléfono de media hora y apuntar 3 más para esta semana. Y es que mi criticado oficio no sabe de horas de hastío, ni de horarios, ni de festividades, a cualquier hora y en cualquier momento, suena el teléfono de la ambición por dar luz al alma.


 

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