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Diario de un Brujo

7 de Diciembre

Hoy ha sido un buen día de trabajo, estoy francamente agotado, echar las cartas a diferentes personas con distintas problemáticas e inquietudes es una tarea muy fatigosa, ya sólo el hecho de concentrarme para poder entrever el resultado de unión de los diferentes significados de cada carta del tarot es algo que abruma a cualquiera, si a esto le sumamos toda la energía que hay que emanar para obtener la del cliente y traducirla en vaticinios, el lector entendería la rigurosa tarea mental que supone el ejercicio de concentración que hago a diario en mis sesiones privadas.
A mi acuden individuos/as de todos los estilos: señoras, señores, chicos, chicas, mayores, jóvenes, gordos, delgados, altos y bajos… de todo tipo de posiciones sociales y oficios dispares, desde jueces a acusados, de ladrones a policías, de diseñadores a modelos, de actores a políticos, de amas de casa a empresarias, prostitutas y famosos, todos vienen a preguntar al oráculo.

Hay días que tengo medias horas muertas, en las que ni viene, ni llama nadie, son horas que aprovecho feliz para diseñar mi publicidad, escribir el guión de mi largometraje, este blog, leer y responder mi correo y estudiar nuevas formas de leer el destino.
Practico todo tipo de mancias, y sin embargo nunca me canso de aprender, me encanta pulirme como profesional y sobre todo descubrir nuevas fórmulas que me emocionen en un mundo esotérico que ya me fatiga y aburre soberanamente.
Me pregunto: ¿por qué es tan criticado mi oficio? por el cual declaro hacienda cada tres meses, pago el seguro de autónomos, contrato personal y ayudo, o intento ayudar, a todas esas centenas de vidas que pasan al mes frente al sillón de mi despacho. ¿Que tiene de malo utilizar una parte de mi mente para captar lo que ya existe nada más nacer?: el destino.
Hace poco en un debate de televisión al que fui invitado, un periodista de la cadena Cope, me instigaba a decir cuánto cobraba, le dije mis honorarios y escandalizado me atacó furioso acusándome de no trabajar gratis, le argumenté que al igual que él cobraba por su oficio de periodista yo cobraba por el mío, a lo que él me contestó que su empleo era un derivado de su carrera y que yo sin embargo carecía de ella, a lo que yo volví a argumentar:­ que si no le daba pena que un chico sin estudios, sin carrera: sin BUP ni COU, tenga 6 empleados, dos tiendas, tenga éxito en televisión, sea su propio jefe, cobre 4 veces más que él y conozca a todo tipo de personajes insólitos: – ¡Plantéate entonces la validez de «tu brillante y respetada carrera»!…, le dije.

Hoy cuando he llegado a casa me venía preguntando en el coche, ¿que es necesario para que la envidia se convierta en oro?

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