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Diario de un Brujo

10 de Diciembre

Un sábado en el que me levante tarde, a eso de la 13:30 del mediodía, culmen de una mañana Saturnina dentro de mi dormitorio con las persianas bajadas a cal y canto, no sabía ni qué día existía fuera de allí, aún estaba haciendo el amor en mi cama sin prisas y con expectativas de levantarme después a comer.

Al hacerlo siempre consigo desconectar por unos momentos del sentimiento de tristeza que me invade esta temporada, distanciarme de mis preocupaciones y de todo a lo que habitualmente dedico más tiempo que a mi propia vida, es a buen seguro una medicina para mi mente cansada.

Amo a Dani, ya paseamos por la vida 22 años juntos, bajo nuestra convivencia ha habido buenos y malos momentos, pero pese a todo, ahí estamos, fusionándonos.
Nunca dejamos en estas 22 primaveras de cariño de excitarnos mutuamente, nuestras feromonas siguen bebiendo juntas, y continúa existiendo una complicidad con nuestro cuerpo y mente cada día que lo hacemos, como al principio. Seguimos siendo buenos amantes a pesar de nuestra larga relación de pareja y a nuestro roce diario.

Lo conocí en una época un tanto tumultuosa de mi vida sexual, donde yo era prostituto gratuito, borracho de soledad y drogadicto de un abrazo. Cuando ya pensaba que mi vida amorosa no iba a girar nunca, apareció Daniel, 11 años menos viejo que yo, colmandola de amor, compañía, devoción y ternura. Así ha sido todo este largo ciclo que evidentemente se ha ido limando y puliendo, con el pasar del anciano Dios Cronos, el dios del tiempo.

Ahora ya no nos llevamos tan bien, discutimos mucho más a menudo, ya no estamos todos los días pegados, él ha madurado y los sablazos de la vida nos han afectado a ambos, pero seguimos unidos y seguiremos, porque a pesar de todo nos queremos, y a cada noche siempre dormimos abrazados en postura fetal, encajo mi cuerpo en el suyo como dos fichas de puzzle y el tiempo se detiene. No existe nada más que amor y sus latidos, que apoyando mi cara sobre su espalda escucho hasta que me quedo plácidamente dormido.

Hoy nos levantamos tarde y calenté la comida del día anterior: espinacas con bechamel y albóndigas de carne. Me he vuelto a saltar mi dieta, la cual llevaba a rajatabla desde Junio súper visionada por mi cachas dietista y entrenador personal «José Ramón». Pero es que últimamente mi cuerpo me pide comer cosas ricas, me pide estimular el placer del paladar y me incita a olvidarme de tener cuadraditos en el estómago o de tener como prioridad acabar con mis «chichiñas»…

¿Será que me falta alguna vitamina, que estoy hasta los huevos de la dieta o será por mi ansiedad?, desde la enfermedad de Gloto, mi gatita, que habiendo padecido un tumor maligno de mama hemos tenido que extirpar toda su cadena mamaria, con un postoperatorio horroroso, seguido de la muerte de mis hijos adoptados: mi gato Manchitas, mi perra Basi y mi periquita Hilarita, que tanto y tanto amaba y que tanto echo en falta. Para mí son como mis hijos, ya sé que no son de mi especie, pero eso no es algo que me importe ni me haga creer que son mascotas, les siento como parte de mi familia, como parte de mi alma.

Será porque Dani acaba de perder a su padre, hace apenas dos semanas y también está destrozado, una terrible pérdida de un estupendo hombre de 54 años al que Dani adoraba y admiraba. Se lo ha llevado un cáncer de pulmón y este pasado mes de Noviembre ha sido una angustia vital entre la vida y la muerte para él y toda su familia, en la cual me incluyo. Por eso digo que la vida nos ha sableado a conciencia a ambos y que es normal que tenga ansiedad después de todo lo que he vivido en estos meses, no soy de piedra y mi alma no aguanta más desgracias, ni una sóla más.
Cuando tuve a finales del mes pasado que ir al hospital y estar allí metido mañana y tarde a su lado, o cuando tuve que sacarlo del brazo del cementerio tirando de él de entre la gente, porque se deshacía en llantos, chillidos de dolor y de angustia delante de la tumba, reviví segundo a segundo la muerte de mi padre, los llantos de mi madre y de mi familia hace ahora 4 años.

Mi padre entró en urgencias por un brazo roto de un accidente de coche de un medio día de Abril y cogió un virus hospitalario «gratuito» por gentileza de la Sanidad y ya no salió de allí vivo…, duró un mes de: desinformación, angustia, negligencias de carrera universitaria con pinceladas de cultos vocablos doctorados en mierda y una eternidad de vida vivida en el hospital de todos nosotros. Murió como uno de sus peces fuera del acuario, ahogándose.

Papa Charlie acabó su vida, con 69 años, conectando a dos máquinas y nosotros teniendo que decidir apagarlas, dicen que dormido sin dolor ¿que van a decir?…
Mi madre no quiso denunciarlo, según ella por no querer remover lo sucedido, pues ya nadie podía devolverle la vida. Nuestra vida.

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